viernes, 7 de mayo de 2010

Circe Maia: la inteligencia sensible


La foto de una niña de largas trenzas que acompañaba la edición de Plumitas (1944), un libro de poemas de sus 10 y 11 años, es curiosamente la única de Circe Maia que ha circulado públicamente.*

Reticente a aparecer en público, casi recluida en Tacuarembó, donde reside desde hace muchos años (nació en Montevideo en 1932), sólo algunos círculos de iniciados conocen y admiran su obra que se desarrolla con sostenida calidad desde aquel inicial y precoz Plumitas.


La poesía de Circe Maia, que abarca ya treinta años, se revela de una gran unidad temática y formal; a través de los diferentes títulos ya publicados, de advierte una fidelidad madura al "arte poética" que , bajo el recuerdo de Antonio Machado, introducía En el tiempo, su primer libro adulto: Se considera muchas veces a la belleza como una esencia aislada de lo real, del vivir cotidiano -y aun en oposición a él- de modo que las ocupaciones corrientes, en la vida en compañía, serían trabas para el creador. Comparto, al contrario, la opinión que ve en la experiencia diaria, viva, una de las fuentes más auténticas de poesía. Su expresión adecuada es un lenguaje directo, sobrio, abierto, que no requiere cambio de tono con el de la conversación con mayor calidez, mayor intensidad.


Según palabras de Borges, la poesía y la filosofía nacen del asombro, “del asombro de ser, del asombro de ser en este mundo, en el que hay otros y animales y estrellas”. Nada más justo para evocar la poesía de Circe Maia, en su doble vertiente de poesía y reflexión.


Los motivos de Circe Maia


El tiempo con sus construcciones y destrucciones, hasta la destrucción final, la muerte; la naturaleza, los gestos y objetos cotidianos, las palabras, la pintura, son los temas centrales de su obra.


El encuentro con la naturaleza, sobre todo con algunos paisajes privilegiados: el río, sus barrancas, los árboles; y junto al río, el bote, aparecen repetidamente a lo largo de su obra.. Estos paisajes no son sólo elementos decorativos o de reflexión, sino entorno vivo donde se transcurre y crece, y en el momento de morir se elige como última imagen para borrar “esa penumbra de habitación de enfermo”.


Su poesía bucea en profundidad en el eterno problema del tránsito del tiempo: es el ritmo del remo que se hunde en el agua, el golpe de la sangre en las venas; el “repetido golpear de minuto y minuto”, “como un tejido, punto por punto”, como condición ineludible de la vida que se elige insistente y tercamente.


Las mesas tendidas, las mamaderas que se preparan en medio de la noche, las bicicletas rotas y las rodillas raspadas, “una pequeña tarea como ésta de cortar el pan/ y llevarlo a la mesa”, o la blusa que “ya debe estar seca, por la forma en que el viento sacude las mangas”. Objetos y gestos cotidianos de la vida de una mujer. Una escritura que se apoya en la modestia de las tareas familiares y domésticas, que Maia quiere rescatar y guardar en toda su carga significativa, al mismo tiempo que las transforma en instrumentos de reflexión, en símbolos. Cada uno de estos motivos hace del objeto, del gesto, de la circunstancia, un habitable lugar doméstico para celebrar el instante y la fidelidad a los otros.


Puentes que tiende hacia los otros, las palabras, la materia de sonido y sentido con que construye sus versos, son también un sostenido motivo de reflexión. El lenguaje aparece como un débil reflejo d ela realidad, “esqueletos” de lo concreto, “cajón vacío, ruido” frente a la riqueza de lo real. Pero la poetisa ( hay que rescatar esta palabra del sentido peyorativo que le dio cierta tradición de poesía “femenina”), a pesar de todo, elige cargar con esta precariedad y en la escritura permanece. Puede cuestionar al mundo, ala cultura, al tiempo, a la muerte, puede la escritura interrogar a fondo y totalmente. Pero no puede dar respuestas, “el agua, el aire mismo/ y hasta la luz/ son claras respuestas/ a otros signos”.


La pintura es otro de los motivos de Circe Maia. Abundantes son las referencias explícitas a ese mundo: seis poemas a Vermeer, a Klee, la descripción de “Un cuadro de Lucho”, pero también paisajes o escenarios cotidianos vistos con una intención plástica: “Los vasos en su vidrio, la jarra con su leche/ tranquila luz cayendo sobre el frío de loza”. Permanente concurrencia a los juegos de luces y sobras, luz y color; insistencia en la mirada, las miradas, los ojos. Es más que una poesía visual, es una poesía pictórica. Lo poético no se acaba en la descripción, sino en la imagen material, con cuerpo de palabras, que se teje en el texto.


Y la muerte: “La que no da nada/ y todo te roba/ la ladrona”, es a la vez la muerte cotidiana de los minutos y de las horas.”que no eran para guardar”, y la muerte instantánea, que cae como un tajo sobre lo que se ama: “ Acaba de hundirse un universo entero, que ninguno de nosotros poseía, que no era nuestro. Acaban de robarle a alguien absolutamente todo lo que tenía. No le dejaron nada. Despreciaron, pisotearon todos sus recuerdos, lo que sólo él tenía. Destrozaron lo que iba a hacer, lo que iba a decir Le taparon la boca, los ojos, lo ensordecieron, lo enmudecieron, lo echaron de aquí, de donde estamos todos y porque sí nomás y sin razón”.


Pocos poetas han nombrado la muerte en la poesía uruguaya con la hondura con que lo hace Circe Maia en Destrucciones, uno de los libros más bellos y terribles de los últimos años.


La experiencia propia es convertida en expresión de la condición humana, en experiencia compartida. Es interesante la particular insistencia en la poesía de Maia del sobre el yo, la deliberada renuncia a la aristocrática soledad del poeta, la conciencia de que “lo más hondo no es íntimo”. Con recato, con modestia, su poesía invita a construir un escenario, posible, fundado al mismo

tiempo en datos culturales y en los de la vida cotidiana.


Su lectura –como la de toda buena poesía- provoca un deslumbramiento, una conmoción, y de alguna manera, nos transforma.


Dorys Zeballos

El País Cultural N° 32, 1990



* El artículo fue publicado en 1990.

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